26 de junio de 2007

FRANCISCO FERNÁNDEZ Y SU PARTIDO DECISIVO

Todo el mundo en León, incluso muchos de los que en su día se atrevieron a despreciarle, es consciente que Francisco Fernández ha obtenido un éxito sin precedentes en las pasadas elecciones municipales. El hecho de que el Partido Socialista sea la lista más votada, a un concejal tan solo de la deseada mayoría absoluta, abre una nueva época en la vida municipal de la capital leonesa, en la que, sinceramente, existen razones para un moderado optimismo, matizado –eso sí- con algunas reservas.

Y todos, en mayor o menor medida, también reconocemos que Francisco Fernández ha sido un buen candidato, un político cercano, accesible, que ha sabido conectar con una ciudad que, más allá de las ideologías, quería un cambio de estilo, una mirada más próxima, un planteamiento más cercano a los problemas reales de los ciudadanos. Pero ahora tiene que demostrar que es un buen político y, sobre todo, un gestor eficiente. Escrutados los votos, finalizadas las ceremonias, recibidas las felicitaciones –más o menos sinceras- hay que ponerse a trabajar. Comienza la temporada o, en un símil más cercano al Alcalde, comienza el partido de tenis. Sirve Francisco Fernández.

Ciertamente los primeros juegos de este interesante partido han estado marcados por cuestiones que van más allá de lo municipal, concretamente eso que se llama la cuestión leonesa y la reivindicación de la autonomía para León. En esta polémica que se ha abierto coincido en una cosa con los “autonomistas”: nada debe considerarse cerrado. Soy partidario de abrir un amplio debate sobre eso que pomposamente se llama la “estructura territorial del Estado”, pero un debate en el que pueda sopesarse incluso la posibilidad de intentar arreglar (o parchear) el desaguisado que supuso aquella “idea genial” del “café para todos” que ha acabado convirtiendo España en 17 reinos de taifas que no se ponen de acuerdo ni a la hora de decidir la letra del himno nacional. Y en este debate habría que saber qué terreno pisamos, y son inevitables algunas preguntas: ¿cuánto nos costaría la autonomía leonesa, con sus Consejerías, su Parlamento, su Consejo Consultivo, etc.? ¿León aporta a la Comunidad Autónoma más de lo que recibe, o es al revés? Y una de las preguntas del millón: ¿quién decide, solo los leoneses, todos los españoles, también los castellanos?

Dejando a un lado las cuestiones territoriales estamos ante un momento decisivo, que puede ser un punto de inflexión para que en León –en la capital y en toda su área de influencia- se empiece a creer en nuestro futuro y nos liberemos de una vez por todas de esa tristeza y este victimismo que se está convirtiendo en una seña de identidad de nuestro carácter. Y es una gran oportunidad, en lo personal y en lo político, para el Alcalde, que se encuentra ante la Final del Torneo de Wimbledom que todos los tenistas sueñan disputar en alguna ocasión.

Quisiera identificar las tres grandes prioridades que, en mi particular criterio, tiene el Ayuntamiento de León: la primera es sanear el Ayuntamiento, la segunda es empezar a pensar en términos de área metropolitana y la tercera es articular una política que favorezca la implantación de empresas y, por ello, la creación de empleo que evite que nuestros jóvenes tengan que abandonar León. Las tres cuestiones están muy relacionadas entre sí y me permitirán una reflexión sobre la primera prioridad: el gran problema en León –y en muchos sitios- es que, desde hace tiempo y parafraseando a Top Gun, el ego del alcalde extiende cheques que el bolsillo de los ciudadanos no puede pagar.

Creo que el punto fuerte del nuevo alcalde (aparte del apoyo de ZP y de los Presupuestos del Estado, y de su carácter accesible y dialogante) es que ha sabido analizar lo que León necesita y tiene un proyecto claro del León del futuro, una idea de ciudad. Y el flanco débil es que detecto un exceso de autocomplacencia, de creerse (más su equipo que él quizás) los Amos del Universo, poseedores de fórmulas mágicas que nos traerán desarrollo, riqueza y empleo. Porque la única receta eficaz, no nos engañemos, es el estudio sereno y riguroso de los problemas y la gestión eficiente y austera de los asuntos públicos.

Es decir se impone un trabajo duro desde el fondo de la pista, y no empeñarse en subidas alocadas a la red, no sea que nos cuelen un “passing-shot” que nos haga morder la pista. Aunque la integración del ferrocarril, el Palacio de Congresos y el desarrollo del Inteco son sin duda voleas ganadoras. Así que suerte, Sr. Alcalde, y sobre todo buen criterio. La confianza de los electores puede ser una gran responsabilidad pero éste es su partido decisivo. Y detecto buenas vibraciones en la cancha.

12 de junio de 2007

Yo soy Espartaco

Ya este fin de semana tenía claro que el tema de mi tribuna debía ir dirigido a los movimientos que, en el seno del Partido Popular, se han desarrollado en las últimas semanas de cara al “asalto” al Palacio de los Guzmanes, es decir, a la sede de la Diputación, que viene a ser como el rey sin corona de la provincia. Aunque el poder, y el presupuesto que es lo importante, se concentre en la sede de la Delegación Territorial, que funciona como los antiguos virreinatos de las Indias. Por cierto, una buena iniciativa la del Alcalde en funciones proponer que la Plaza que da frente a la Delegación Territorial se llame Plaza de España, un nombre que inexplicablemente faltaba en el callejero leonés. Parece que a Mario Amilivia le pasa como a Beckham, que empieza a jugar bien ahora que los electores han decidido “traspasarle”. Aunque yo me daría prisa en bautizarla no sea que llame Mañueco para decirnos que hay que llamarla Plaza de Villalar de los Comuneros o algún otro nombre que potencie y reafirme esa cosa tan etérea llamada “identidad castellano-leonesa”.

La iniciativa de Juan Martínez Majo, finalmente abortada desde la dirección regional del Partido, me ha hecho recordar la figura de Espartaco (el gladiador, no el torero). Espartaco era un esclavo tracio que hacia el año 73 antes de Cristo. encabezó una rebelión que sacudió los cimientos de la Roma republicana y cuya historia nos es muy cercana y familiar gracias a la grandiosa película dirigida por Stanley Kubrick en 1.960 con Kirk Douglas (y su inseparable hoyuelo) en el papel del esforzado gladiador. Todos sabemos que la revuelta fue sofocada y Espartaco muere crucificado en la Vía Apia, pero la rebelión hizo que muchos romanos se dieran cuenta de que el sistema esclavista necesitaba una urgente y profunda reforma para que Roma siguiera funcionando.

Quisiera precisar tres cosas. La primera, lógicamente, que no soy quien para decir cómo tiene que elegir a sus candidatos el Partido Popular, que es una cuestión que deben decidir sus militantes, que para eso pagan las cuotas. La segunda es que sigo sin explicarme porque se prescinde de Javier García-Prieto, que había demostrado una gestión impecable en la Diputación y había conseguido que la institución navegara en la senda correcta. Y la tercera que pienso, personalmente, que Juan Martínez Majo, podría haber sido un magnífico Presidente. Una persona que conoce la Casa, muy cercano a la vida municipal y que incluso había ganado las elecciones en Valencia de Don Juan por mayoría absoluta.



Pero, como hizo la rebelión de los gladiadores, el movimiento de Juan Martínez Majo ha puesto sobre la mesa una interesante cuestión, y es quién “elige” a los candidatos. Se me objetará que los candidatos los decide el Comité Electoral y que, para que el partido funcione es imprescindible que se respeten sus acuerdos. Pero no me parece descabellado que el Presidente de la Diputación sea propuesto por los concejales electos, o que por lo menos éstos puedan aportar su voz y su criterio. El Presidente no deja de ser una especie de primus inter pares entre los alcaldes y concejales de la provincia, y la Diputación tiene como principal tarea ayudar a los municipios, coordinar sus iniciativas y acometer proyectos que exceden del ámbito, y sobre todo del presupuesto, de los Ayuntamientos de la provincia. Lo que no acabo de ver claro es que el candidato lo decida Mañueco, y además por teléfono. Por lo menos debería haber mandado un correo electrónico, que queda mucho más tecnológico.

Llegado a este punto quiero recordar el pasaje más hermoso de Espartaco, la película. Cuando finalmente los esclavos son derrotados los romanos se encuentran con un problema, y es que no saben quién es Espartaco (los paparazzi no existían todavía). Entonces recurren a la estratagema clásica: si se identifica perdonarán la vida a todos los demás, en caso contrario todos morirán. Espartaco es el primero que se levanta y grita “Yo soy Espartaco” pero, uno por uno, todos los esclavos se levantan y dicen “Yo soy Espartaco”. Los romanos tienen que crucificar a todos, pero el gesto va más allá de la simple lealtad hacia su jefe y expresa claramente la solidaridad de todos los que participaron en la rebelión contra Roma y el poder establecido.

Me gustaría que, pasada la “rebelión” que ha sacudido el PP las últimas semanas se expresase algo parecido. Porque, en el fondo, todos somos Juan Martínez Majo, incluso los que podamos estar más lejos del Partido Popular. Quizás sea la única forma de que las cosas cambien, en todos los partidos y en la propia vida política. Y espero que, por lo menos esta vez, seamos un poco más civilizados y no crucifiquen a nadie.

26 de mayo de 2007

Elogio del Maestro

Hoy día 26 de mayo es día de reflexión, el día antes del día D, ese día que nos encanta decir, aunque suene cursi, que es “la gran fiesta de la democracia”. Por lo menos es la fecha en la que, una vez cada cuatro años, podemos expresarnos libremente y decidir con nuestro voto cómo queremos que sea nuestro futuro o, por lo menos, elegimos en quién confiar. Otra cosa bien distinta es como se utilice luego ese voto, pero ese día todos mandamos y todos decidimos. Y todos los votos cuentan lo mismo que es lo que hace, como decía Winston Churchill, que la democracia sea el peor sistema posible….si exceptuamos todos los demás.

Y ya que en este día lo elegante –y lo legalmente obligado- es no hablar de política, vamos a aprovechar para tratar asuntos importantes, como puede ser la educación. Preciso que esto es una frase porque pienso sinceramente que la política es un noble ejercicio de servicio público y una vocación que quizás mereciera algo más de reconocimiento social (la política, no todos los políticos, claro). Pero, en el tema que nos ocupa, pienso que las políticas educativas que hemos sufrido los españoles no pueden calificarse de excesivamente brillantes, por aplicar un generoso calificativo.

Algo no funciona bien en un país que quiere ser moderno, eficiente, competitivo y responsable cuando en apenas diez años hemos aplicado tres leyes distintas para regular la educación de nuestros hijos (la LOGSE, la LOCE y la LOE, la jungla de las siglas). No quiero entrar en valoraciones porque en un día como hoy un escribiente como yo no debe escorarse políticamente pero si considero indispensable que sobre determinadas cuestiones exista no sólo un acuerdo de los partidos políticos sino también un amplio consenso social, fruto del análisis sereno y del debate sosegado.

Percibo no obstante que en el tema de la enseñanza existen dos grandes problemas de partida. El primero son las competencias en materia de educación que tienen atribuidas la Comunidades Autónomas, cierto es que “dentro de un orden”. Creo que los tres pilares básicos del Estado social y democrático de Derecho del que habla la Constitución –la sanidad, la educación y la justicia- requieren una cierta “unidad de sistema” que garantice, entre otras cosas, que todos los ciudadanos tengan los mismos derechos, y particularmente, el mismo derecho a una educación de calidad, ajustada a las necesidades de los tiempos modernos. Me parece muy bien que se den clases, por ejemplo, sobre los reyes de Navarra o la gastronomía murciana, pero como actividades extraescolares en su caso. Hay una tendencia un tanto miope a estudiar y contemplar nuestras raíces, pensando que por ser nuestras –supuestamente, porque en realidad todos somos ciudadanos del mundo- son lo más importante. Al final acabamos creyendo que fue más trascendental para la Historia de la Humanidad aquello de Villalar de los Comuneros que el Descubrimiento de América o la Revolución Francesa, por poner un ejemplo.

Y el segundo problema, más alarmante en mi opinión, es que los políticos o los programadores, cuando se habla de educación, dan más importancia a eso llamado el currículo que al maestro. Se preocupan de diseñar los contenidos, cuentan las horas de cada materia, se enredan con eso que llaman los itinerarios formativos, olvidando que en la enseñanza lo único esencial y lo más valioso es la figura del profesor. Es decir, que el maestro se sienta reconocido, valorado, apoyado, que todos seamos conscientes de que su trabajo es fundamental para que los niños de hoy puedan ser, el día de mañana, ciudadanos libres, capaces y responsables.

Los profesores son una palanca imprescindible para el futuro y el progreso de una sociedad. El maestro es el que forma y moldea a nuestros hijos y quien, como un laborioso y paciente herrero, va forjando su pensamiento y templando su carácter, con energía y con delicadeza a la vez. En realidad, y aunque a los padres nos cueste reconocerlo, los profesores influyen más en nuestros hijos que nosotros mismos. Todavía recuerdo el primer día de colegio de Julia, mi hija mayor. Tenía dos años y era la primera vez que iba a estar con alguien que no era de la familia. Una profesora llegó, tomó su mano y la llevó hasta la clase. Julia ni siquiera echó la vista atrás para mirarnos, simplemente entró con naturalidad en otro universo, guiada por la mano firme, suave y segura de un maestro.
Me permito dar un consejo a todos los políticos, a todas las Administraciones, incluso a todas las familias: todo el tiempo, y todos los recursos, que se empleen en la educación y en la formación de nuestros hijos siempre serán pocos. Pero, que nadie se engañe, es la mejor elección.

12 de mayo de 2007

Qué verde era mi valle


Qué verde era mi valle es una de las grandes películas de, en mi opinión, el cineasta más grande que vieron los tiempos, John Martin Feeney, conocido en el siglo como John Ford. A pesar de ese título la película no trata ni de lo bonita que es la Naturaleza ni de los grandes espacios abiertos sino de la dura vida de una familia minera del Sur de Gales, los Norman, a través de la limpia e inocente mirada de un niño interpretado por Roddy Mc Dowall. La película es un hermoso canto a los valores familiares pero también un preciso retrato de las dificultades que sufre una comarca cuando las minas dejan de ser rentables. Y me ha venido a la memoria al leer estas últimas semanas las preocupantes noticias sobre la Minero Siderúrgica de Ponferrada (MSP) y la grave situación desencadenada tras el cierre del Feixolín.

No conozco en profundidad los antecedentes y estoy plenamente convencido que si un Juzgado de lo Contencioso dicta la orden de paralización del Feixolín lo hace con base en sólidos fundamentos jurídicos y ponderando las circunstancias del caso. Sin embargo hay determinadas actuaciones que no entiendo. Por ejemplo, que el Ayuntamiento de Villablino imponga una multa tan abultada e irreal (170 millones de euros, porque eran euros y no pesetas) que es de cumplimiento absolutamente imposible o que no se haya podido encontrar una solución a este problema después de tantos años. O que se acuse a la empresa de chantajear a los trabajadores cuando decide despedir a 92 mineros. La Minero no es una ONG, que yo sepa, y si las minas se cierran los trabajadores se van a la calle. Así de crudo pero así de claro.

La crisis de Laciana me provoca una serie de reflexiones que van más allá de la actual coyuntura y reconozco que mis comentarios pueden ser políticamente incorrectos. La primera es el conflicto que existe siempre entre protección del medio ambiente y desarrollo económico o, en este caso, la supervivencia de una comarca que sigue viviendo del carbón. Todos queremos un desarrollo sostenible, un aire limpio y un cielo azul. Pero no nos engañemos, sin las explotaciones a cielo abierto es difícil que el carbón sea rentable. Así que despierta, Bambi, que el bosque se quema. Algo parecido ocurre con la Estación de San Glorio. Quizás el proyecto pueda tener un fuerte impacto ecológico pero sin él la Montaña Oriental de León se muere. Es muy fácil ser ecologista de salón cuando no se ve como, día a día, nuestros pueblos languidecen. Es necesario, y aquí las Administraciones tienen que ser responsables y realistas, marcar prioridades y, sinceramente, me preocupan más los puestos de trabajo que los osos.
La segunda idea es que las Administraciones Públicas parecen siempre más interesadas, y mejor dispuestas, en traer empresarios de fuera que en conservar a los que tenemos. A este paso los empresarios dinámicos y comprometidos con su tierra van a acabar siendo, en León, una especie en peligro de extinción, y no ciertamente protegida. Nos preocupamos de atraer empresas foráneas ofreciendo suelo, otorgando subvenciones, creando agencias, institutos y oficinas de desarrollo, etc. y me parece bien. Pero mientras nos dedicamos a poner trabas y obstáculos a nuestros empresarios de toda la vida, que se pasan años tramitando licencias, reclamando polígonos o pidiendo que se mejoren las infraestructuras.

Por último me gustaría comentar que en León parece que no hemos sabido reconocer el valor de la minería, su impacto social y económico en la provincia. Así, una de las claves de la fortaleza del sector inmobiliario en León, a nadie se le escapa, son los prejubilados de la minería. Y me atrevo a decir que desde la capital siempre hemos visto el mundo de la minería como algo lejano, extraño, hasta molesto, a diferencia de lo que ha sucedido tradicionalmente en Asturias. Quizás es que la Mina de La Camocha está a cinco kilómetros del casco urbano de Gijón, y esto acaba pesando en el imaginario colectivo o quizás es que, para que engañarnos, los capitalinos (de León) siempre hemos sido un poco estirados.

Ayer mismo Ángel Villalba, el candidato socialista a la Junta de Castilla y León, abría la campaña electoral presentando su apuesta por el carbón como una de las claves de su programa. Me parece la línea correcta, aunque coincidirán conmigo que es muy fácil prometer cuando se tiene ciertamente complicado llegar a gobernar los destinos de la Comunidad.

Me pregunto si hay futuro para las comarcas mineras. Y me temo que, a pesar de todos los millones del Plan Miner, si no existe una voluntad política clara de afrontar y solucionar los problemas, y volviendo al maestro Ford, qué verde, y que vacío, se va a quedar mi valle.

26 de abril de 2007

La política es cosa de todos



En estos tiempos electorales los “tribunos” (es decir, los que nos dedicamos a escribir tribunas) parecemos condenados a hablar de listas, programas y todas estas cuestiones que a mucha gente probablemente le resultarán aburridas y tediosas. Sin embargo las elecciones municipales son una buena ocasión para reconciliarse con la democracia, en el más puro sentido de la palabra, ya que no sólo acuden a las elecciones los partidos tradicionales, esos que ocupan los Parlamentos e invaden los medios de comunicación, sino otras formaciones, agrupaciones y pequeños grupos que deciden hacer política, o por lo menos, están dispuestos a ello.

Hay multitud de casos en el territorio nacional, muchos honestos y bienintencionados, algunos pintorescos, otros directamente estrafalarios, pero todos valiosos porque revitalizan nuestro sistema. Hoy quiero hablar de un caso concreto, la Agrupación de Electores Valverán, candidatura integrada por mujeres que se presenta en el municipio de Crémenes. Crémenes es uno de esos municipios olvidados de la Montaña Oriental Leonesa, con 787 habitantes y 14 pueblos y que ha sufrido en los últimos años no sólo la sangría de la despoblación sino también la ineficacia de sus gobernantes.

Me pregunto qué es lo que impulsa a un grupo de mujeres, sin ambiciones políticas, a lanzarse a esta empresa. Probablemente asistimos a un clima de descontento, a una sensación de abandono, que sienten los electores respecto de los partidos. Los ciudadanos no se sienten representados por los partidos políticos tradicionales y deciden dar un paso adelante e implicarse directamente en la gestión de los asuntos públicos, o por lo menos concurren a las elecciones para demostrar que existen otras formas de hacer política. La relativa sorpresa que, en las últimas elecciones catalanas, supuso la irrupción de Ciutadans en el Parlamento, con un discurso fresco y heterodoxo, quizás sin profundidades ideológicas, ha supuesto un aldabonazo en esta tendencia y un toque de atención para la clase política.

Estos movimientos ciudadanos no tienen nada que ver, afortunadamente, con aquellos proyectos “políticos” autodenominados independientes que surgieron hace años para defender intereses de dudosa calificación (de “recalificación” urbanística, más bien) y cuyo ejemplo más inquietante y duradero fue el GIL, aquel partido que llevaba el nombre de su fundador y cuyos efectos contemplamos todos los días en el devenir judicial de la Operación Malaya.

Es inevitable una reflexión: la política es algo demasiado importante para dejarla sólo en manos de los políticos. El ciudadano no es sólo un votante, que firma un cheque en blanco cada cuatro años y el espacio municipal es un buen lugar para que reivindiquemos la política como una tarea común, no como el coto cerrado de una secta de iluminados. Al fin y al cabo la palabra política procede del griego “polis”, que significa ciudad. No pretendo hacer una crítica del sistema de partidos pero sí llamar la atención de la desconexión que existe entre los políticos profesionales y el común de los ciudadanos, entre los comités electorales y los votantes, entre los contenidos de los programas y los problemas reales de la sociedad.

La Agrupación de Electores Valverán está integrada por mujeres y me resulta significativo este dato. Me atrevo a decir que las mujeres están más cerca de las cuestiones importantes: la educación, la sanidad, la atención de los mayores, etc., aunque esto no tiene nada que ver con la genética sino con la distribución tradicional de los papeles en nuestra sociedad. En concreto, el actual equipo de gobierno del Ayuntamiento de Crémenes dedica su tiempo a obsesionarse por los grandes proyectos, léase la Estación de San Glorio o el Canal de Aguas Bravas en el Río Esla. La Agrupación Valverán, por el contrario, en una carta que dirige a los electores, pone su acento en los problemas que sin duda preocupan a la gente: por ejemplo, los mayores o los 55 niños menores de 15 años que viven en el municipio. No reniegan de las grandes iniciativas pero insisten en que los Ayuntamientos tienen que preocuparse de solucionar los problemas cotidianos de la gente, atender sus demandas y contestar a sus peticiones.

Y no quiero terminar este artículo sin hacer mención de una de las propuestas de esta Agrupación: quitar las dietas por asistencia a plenos y las cestas de navidad y sustituirlo por una comida anual de todos los vecinos. Es decir, regresamos a la polis griega, al origen de la democracia. Pero con un gran avance: en Grecia no participaban las mujeres, los esclavos ni los “metecos” (los inmigrantes de entonces). Y ahora la política es cosa de todos.


11 de abril de 2007

EL EQUIPO A

Y parece que por fin, tras largas y tensas semanas de cavilaciones y negociaciones la famosa lista ha salido a la luz pública y ya tenemos aquí al Equipo A, es decir, a la candidatura encabezada por Mario Amilivia que se enfrentará el próximo día 27 de mayo, en democrático y deportivo –espero- encuentro, a los “hombres de Paco” (Fernández). No hay que olvidar que no están solos en esta Liga, en la que también buscan su lugar bajo el sol las dos facciones del leonesismo, equipos que no parecen tener opciones para el título (es decir, la Alcaldía de León) pero que animarán sin duda la pretemporada en la que entramos y, sobre todo, el post-partido.

La metáfora futbolera no es caprichosa ni frívola ya que, en el fondo, hacer una lista electoral debería ser como configurar la alineación de un equipo de fútbol. En teoría la premisa es clara: no se trata de que jueguen los que mejor me caen o los que me imponga el presidente de turno, sino los que mejor pueden rendir en cada momento. El entrenador, y el cabeza de lista, tienen que buscar y conseguir el difícil y necesario equilibrio entre experiencia y juventud, entre talento y esfuerzo, entre improvisación y estrategia. Por ello, sin acritud y con buen rollo, me permitiré dar un somero repaso a las alineaciones que presentan los cuatro equipos principales.

En primer lugar el equipo A, que defiende el título de Liga ya que, en definitiva, fue la lista más votada en las pasadas elecciones. Otra cosa es que el liderato que ostenta se debe a ese error arbitral que se llama transfuguismo. Una plantilla en la que sorprenden no sólo los fichajes sino también aquellos que renuevan contrato y, sobre todo, los que son traspasados. Respecto de las incorporaciones, se ha querido dar un perfil técnico pero se percibe un equipo algo gris y un poco triste (y eso que tienen un pasodoble). Una plantilla descompensada, con un esquema táctico demasiado rígido, pensando sólo en gobernar en solitario y no en otras posibilidades (estar en la oposición o pacto con la UPL). Se me objetará que siempre hay que pensar en la victoria pero los partidos dan muchas vueltas y ya dijo Juanito que 90 minutos en el Bernabeu son “molto longos”. Si a ello sumamos que entre los que se quedan ha pesado más su cercanía al Alcalde que el balance de la temporada que se cierra el Equipo A no despierta buenas vibraciones.


Lo que me causa estupor y, lo que es más grave, me parece una tremenda injusticia, son los jugadores de los que prescinde Amilivia. Me quiero centrar en tres nombres que han desplegado una buena gestión, han cuajado una magnífica temporada, reconocida incluso por los equipos rivales: Francisco Saurina, Alfonso Ordóñez y Javier García-Prieto. Este último desde la Diputación, a la que ha rescatado del desasosiego en que vivía y ha sabido encauzar en la senda adecuada. Un trabajo que merecía, pensamos muchos, la oportunidad de otro mandato. Me parece un lujo prescindir de estas tres personas, que consiguen aunar lo que los buenos jugadores: la efectividad de su trabajo y el apoyo de la afición. Un lujo que el PP no puede permitirse, aunque la situación no es nueva: hace algunos años dejaron escapar a otro galáctico como era Cecilio Vallejo.

Respecto a los hombres y mujeres de Paco, a pesar de que en ocasiones ellos se consideren el “Dream Team”, creo que especulan demasiado con el balón y les falta profundidad a la hora de llegar al área rival, es decir, a los problemas reales. Me explico: en su programa hablan por ejemplo de “Revitalizar el Consejo Municipal de las Mujeres y retomar desde este órgano políticas desde una perspectiva de género”. ¿Es eso realmente lo que necesitan los ciudadanos? No, lo que todos queremos es que se arreglen las calles, se adecenten los jardines y, en definitiva, que el Ayuntamiento funcione. No se trata de regatear al banderín del córner, que será muy bonito pero que no sirve para nada.

La UPL, por su parte, aspira a meterse en Champions, es decir, en el equipo de gobierno. Su candidatura es a priori la más compacta y equilibrada, un equipo correoso y que juega bien a la contra. Claro que gestionar y gobernar es algo más difícil que quejarse del centralismo de Valladolid, de la misma manera que es más sencillo jugar al patadón que intentar hilvanar una jugada.

Y el último equipo en liza, el PAL-UL, un equipo marcado por el individualismo de Rodríguez de Francisco, que lleva más de dos décadas jugando en la primera división de la política local aunque, eso sí, en diferentes equipos y demarcaciones. Parece que las encuestas no le auguran buenas perspectivas pero la política, como el fútbol, no es una ciencia exacta. Probablemente ni siquiera es una ciencia.

14 de marzo de 2007

DEBAJO DE LOS ADOQUINES NO ESTÁ LA PLAYA, MARIANO



En mayo de 1.968, una revuelta estudiantil sacudía los cimientos de la Europa nacida de las cenizas de la II Guerra Mundial y su esquema bien estructurado de “democracia liberal”. Aquel intento revolucionario cuestionaba, con más poesía que rigor, no sólo el modelo de sociedad y el funcionamiento de las instituciones democráticas, sino también el papel (o la praxis, que se decía) que debía desempeñar la izquierda europea.

En aquellos días se hicieron famosas dos frases que fueron acogidas como lemas de la revuelta estudiantil y que han pervivido cuando el movimiento se ha convertido en anécdota. La primera frase era aquella tan hermosa como contradictoria que decía “ser realistas…pedid lo imposible”. El otro lema nos anunciaba poéticamente que “debajo de los adoquines está la playa”. Con el tiempo todos supieron que debajo de los adoquines no había arena de la playa, (lo recordaba Ismael Serrano en una reciente canción) y que hasta Daniel Cohn-Bendit, uno de los grandes líderes del mayo francés, se acabaría reconvirtiendo en un feliz e imagino que bien retribuido eurodiputado.

La manifestación del pasado sábado en Madrid, impulsada y capitaneada por el Partido Popular, me provoca tres reflexiones previas. La primera es qué algo debemos estar haciendo mal en nuestro sistema cuando cientos de miles de personas se manifiestan contra la política de un gobierno democráticamente elegido. La segunda, que enlaza con la anterior, es si un partido, con una amplia representación parlamentaria, puede o debe recurrir a convocar una manifestación, menospreciando la actividad parlamentaria como el foro adecuado para la controversia política. Y la tercera es que, en un tiempo en el que podemos medir la edad del Universo, no seamos capaces de decidir si los manifestantes eran 342.000 (cuenta la Delegación del Gobierno) o 2.125.000 (según la Comunidad de Madrid). Todo es relativo, pero no tanto

Se me ocurren varias hipótesis para explicar este comportamiento del Partido Popular. La primera es una cierta “nostalgia del 68”: no se manifestaron cuando eran jóvenes y parece que ahora lo echan de menos. La segunda es que perciben que la derrota electoral del 14-M ha obedecido a la utilización que el PSOE hizo del descontento popular derivado de la crisis del Prestige o la guerra de Irak, y quieren utilizar la misma estrategia. Y la tercera, puestos a aventurar hipótesis, es que han recordado aquella famosa frase de su Presidente fundador de que “la calle es mía” y pretenden hacerla realidad.
Lo realmente preocupante es que la polémica acerca de la manifestación y la guerra de cifras nos aleje del tema central: que nuestro Código Penal y nuestro sistema penitenciario necesitan una urgente, profunda (y a ser posible consensuada) reforma. No olvidemos que el infame de Juana Chaos ha cumplido la pena que le fue impuesta por los asesinatos que cometió, y que la condena que tiene pendiente tiene su origen en dos artículos publicados en el diario Gara. Lo que es inadmisible es que alguien que es responsable de 25 muertes cumpla sólo 19 años de la pena impuesta, habiendo sido condenado a más de 2.500 años. Y en el colmo del absurdo que, –por ejemplo- por hacer un curso de “redacción y arte de escribir” se le perdonaran, en el año 2.001, 175 días.

Quisiera hacer una referencia al Auto del Magistrado José Luis Castro, que es quien en último término ha decidido la aplicación de la prisión atenuada a este sujeto, bien es cierto que a propuesta del Gobierno. El Auto -que pude descargarse, entre otros lugares, en la web del Consejo General de la Abogacía (http://www.cgae.es/)- es un ejemplo de rigor jurídico pero también de rectitud moral. Y en su resolución el Magistrado expone lo siguiente “no debe obviarse que el Estado de Derecho no puede renunciar a la aplicación de disposiciones legales que encuentren su fundamento en los principios de humanidad y en el respeto pleno a la derecho a la vida, incluso en aquellos que no respetaron la de otros; ello supone la auténtica grandeza del Estado de Derecho y sin duda una conquista de nuestra civilización”.

En estos días en que todos recordamos los terribles atentados del 11-M y continúa el juicio a sus presuntos autores deberíamos reflexionar sobre la finalidad de las penas. En mi opinión, el objetivo del Derecho Penal debe ser castigar al delincuente y proteger de forma eficaz a la sociedad. La reinserción del delincuente, y que me perdone el artículo 25 de nuestra Constitución, me parece algo secundario.

Sr. Presidente del Partido Popular, lo que procede es modificar el Código Penal, y no buscar la playa debajo de los adoquines. Es sólo una sugerencia.